En busca de civilizaciones extraterrestres por su contaminación

Un grupo de investigadores indica que podríamos detectar vida inteligente en ciertas condiciones por los químicos que deje en su atmósfera


Durante más cincuenta años, la humanidad ha rastreado el cielo en busca de señales llegadas de alguna parte que indicaran que no estamos solos en el Universo. Pero hasta ahora el esfuerzo ha sido en vano. No hay rastro de pitidos ni ruidos provenientes de mundos situados alrededor de estrellas cercanas. En medio del debate sobre si esta metodología, empleada sobre todo por el Instituto SETI de Mountain View, California, es realmente útil, investigadores del Centro Harvard-Smithsonian de Astrofísica (CfA) proponen un nuevo método: ¿Y si esa civilización avanzada dejara señales en la atmósfera como lo hacemos nosotros? Lo que sugieren es, sencillamente, fijarse en una atmósfera contaminada.

Mediante el estudio de las atmósferas de los exoplanetas, los mundos situados fuera del Sistema Solar, podemos descubrir gases como el oxígeno y el metano, que solo coexisten si son repuestos por los seres vivos. Claro que estos gases pueden venir de una criatura con una mente superior a Einstein o de una forma simple de vida, como los microbios. Aunque descubrir cualquier tipo de vida extraterrestre por sencilla que sea ya sería un acontecimiento histórico, ¿qué pasa con las civilizaciones avanzadas? ¿Dejarían signos detectables?


Los investigadores creen que sí, si es nuestros vecinos estelares arrojan contaminación industrial a la atmósfera, según explican en un texto que se publicará en The Astrophysical Journal y que ya está disponible online. Podríamos detectar las huellas dactilares de determinados contaminantes en condiciones ideales, lo que ofrecería un nuevo enfoque en la búsqueda de inteligencia extraterrestre. «Consideramos la contaminación industrial como un signo de vida inteligente, pero quizás las civilizaciones más avanzadas que nosotros, con sus propios programas SETI, considerarían la contaminación como una señal de vida no inteligente, ya que no es inteligente para contaminar tu propio aire», dice Henry Lin, autor del informe.


Calentar el planeta


El equipo considera que el próximo Telescopio Espacial James Webb (JWST) debe ser capaz de detectar dos tipos de clorofluorocarbonos (CFC), productos químicos que destruyen el ozono utilizados en disolventes y aerosoles. Pero solo si los niveles atmosféricos fueran diez veces mayores que en la Tierra. Una civilización avanzada podría contaminar intencionalmente toda la atmósfera a niveles altos y calentar globalmente un planeta que de otra manera fuera demasiado frío para la vida.


Pero este futuro telescopio solo podrá detectar esos posibles contaminantes en un planeta similar a la Tierra orbitando una estrella enana blanca, que es lo que queda cuando una estrella como nuestro Sol muere. Ese escenario aumentaría la señal atmosférica. Encontrar la contaminación en un planeta similar a la Tierra orbitando una estrella similar al Sol requeriría un instrumento superior al JWST, un telescopio de una nueva generación.


El equipo señala que una enana blanca podría ser un mejor lugar para buscar vida lo que se pensaba, ya que las observaciones más recientes han encontrado planetas en ambientes similares. Esos planetas podrían haber sobrevivido a la hinchazón de una estrella moribunda durante su fase de gigante roja, o haberse formado a partir del material derramado durante la agonía de la estrella.


Si bien la búsqueda de los CFC podían descubrir a una civilización extraterrestre existente, también podría detectar los restos de una civilización que aniquiló a sí misma. Algunos contaminantes duran 50.000 años en la atmósfera de la Tierra, mientras que otros se eliminan en 10 años. La detección de las moléculas de primera categoría mostraría que las fuentes han desaparecido.


«En ese caso, podríamos especular que los extraterrestres han espabilado y solucionado su actuación. O en un escenario más oscuro, serviría como una señal de advertencia de los peligros de no ser buenos administradores de nuestro propio planeta», añade Avi Loeb, investigador de Harvard y coautor del estudio.


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