La última bruja de Europa

 

Su nombre era Anna Göldin. Nació en 1734 en Senwal, Suiza. En 1765 llegó al pueblo de Glaris, donde se convirtió en sirvienta de un magistrado con ambiciones políticas, Jakob Tschudi.

 

En esa casa fue denunciada por bruja: decían que había intentado envenenar a la hija menor de Tschudi, de 8 años, disponiendo alfileres en la leche y en el pan. Luego de que Anna fue echada de la casa, la niña enfermó, y entre convulsiones vomitó alfileres.

Luego de varias sesiones de tortura, Anna confesó ser una bruja y dijo, a pedido de las autoridades, que había recibido las agujas del propio diablo. Luego, ante el tribunal, se retractó y se declaró inocente. Volvieron a torturarla, y Anna volvió a culpabilizarse. El 18 de junio de 1782 fue sometida a la pena capital mediante la decapitación.  

 

En su momento, la prensa ocultó la condena por brujería, y la atribuyó a un homicidio por envenenamiento. Es lógico: en la Europa del siglo XVIII ya no era habitual creer en brujas.

El periodista e historiador Walter Hauser tiene la hipótesis de que se trató de un asesinato encubierto: según se desprendería de la documentación histórica a la que pudo acceder, Anna Göldlin habría sido amante de Jakob Tschudi, quien se encargó de eliminarla cuando ella lo amenazó con denunciarlo como adúltero, lo que hubiera terminado con su carrera política.

En 2007 se inauguró en Glaris un museo dedicado a reivindicar la memoria de Anne Göldin, la última “bruja” de Europa.


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